Dime con quién tomas café y te diré…

FlorHoy a las siete cogí la maleta y salí de mi casa, sabiendo que iba a tardar en volver. Casi todos los años después de esta fecha tardo tres meses en regresar, unas veces lo llevo mejor, otras peor, aún así todos los años tengo la misma sensación. Todas las veces llamo al ascensor con un nudo en la garganta, y en el momento en que la puerta se abre ese nudo desaparece porque las lágrimas ya han hecho acto de presencia. En ese momento solo me viene a la cabeza los segundos anteriores: mi madre diciéndome lo mismo de siempre, “llama cuando llegues”, y yo, también como siempre, sin ser capaz de cambiar la rutina, le doy el último beso y salgo por la puerta sin poder articular palabra viendo como ella espera a que desaparezca por la esquina del pasillo para cerrar la puerta, sabiendo que no va a volverme a ver en meses.

Y es que después de todas estas semanas de vacaciones todos los estudiantes sabemos lo que llega, lo más duro, estudiar para febrero.

Toda esta recreación sirvió para entretenerme en la estación, y no odiar al bus por su habitual impuntualidad, y por imposible que parezca para llenarme a mí misma de fuerzas. Y ya cuando me reía de mí misma, me acordé de algunas aventuras que me ocurrieron en las estaciones.

La primera vez que volvía a Asturias después de empezar a estudiar fuera estaba tan nerviosa que decidí coger el primer bus de la mañana, y ese fue uno que salía poco antes de las siete de la madrugada. Suelo llegar con bastante tiempo antes de que salga el bus, y esa vez no fue menos, yo creo que incluso fue la vez que más horas pasé sentada en la cafetería.

Llamé a un taxi pasadas las cinco de la mañana, y en menos de quince minutos estaba frente al panorama que había en la estación. Dos hombres de mediana edad estaban sentados sobre el capó de un coche con toda la ropa llena de sangre y esperando a una ambulancia. Tanta sangre me estaba poniendo un poquito nerviosa, pero entré dentro y pedí lo de siempre, descafeinado de sobre, sabiendo que iba a maldecir al camarero, siempre calienta mucho la leche y en alguna ocasión hasta le sale nata. Ese día poco reparé en toda la nata que tenía mi café.

El corazón me dio un vuelco cuando empecé a ver y escuchar las luces de dos ambulancias. Verlas detenerse frente al cristal al que yo miraba, y no prestar atención a los dos heridos sentados en el coche, hizo que me diera cuenta de que allí algo raro sucedía. A tan solo una mesa de mí había un biombo que escondía tras él un cuerpo, con vida, apuñalado. La señora de la limpieza, que incluso teniendo un herido allí, seguía realizando su trabajo habitual, y con la mayor naturalidad que pudiese tener, apartó el biombo para que los técnicos subieran y trasladaran al herido en camilla.

En el momento en que los tres heridos se repartieron en las ambulancias, y el estridente sonido abandonó nuestros oídos todo volvió a la normalidad. Toda la normalidad que pueda tener esa estación, que yo creo que es poca. Una mujer de cuarenta años empezó a pasarse de mesa en mesa, contando su vida y comentando todo el suceso, y es que ella debía llevar horas allí sentada, ¡mucho más entretenida que en su casa! Intenté hacerme la concentrada con el libro que leía, pero esto no hizo efecto, todo lo contrario ¡se acomodó en la silla que tenía frente a mí durante más de media hora!

Con esta mujer volvía a coincidir dos años después, sabía que era ella, no se puede olvidar esa cara. Esta vez resultó que estaba con una amiga (mucho más hiperactiva que ella), a la cual le debió robar el móvil, pero allí seguían las dos mojando churros en chocolate y comentando las aventuras de esa noche de fiesta.

Mi antigua conocida se enfadó de tanto oír que había robado el móvil a su amiga. Se fue, y la nueva extraña de la estación me vio cara de aburrida (y eso que yo volvía a utilizar mi técnica: fingir entretenimiento con un libro) y se sentó a mi vera. Me habló sobre su móvil, sobre su amiga, sobre su familia, sobre sus antiguos novios… sobre todo lo que le pasase por la cabeza. Y tanta confianza cogió que me empezó a sacar recuerdos de la cartera, y como le había caído fenomenal me regaló un calendario, un recuerdo de su padre, con el detalle de que tenía un chiste verde. Seguro que aún lo tengo por ahí.

La conversación no termina. La señora ya me consideraba su amiga, y yo ya tenía colocado el calendario como marcador de mi libro. No daba crédito a tener eso entre mi libro, pero a ella le hacía taaanta ilusión. No contenta con lo del marcador, y ya un poquito aburrida porque yo no le contaba mucho sobre mi vida, decidió empezar a hacerle guiños a un hombre mucho más joven que ella.

El chico parecía abierto y muy agradable, tanto que le seguía el juego. Después darnos chupa-chups para dejar de fumar, y contarnos que intentaba dejar el tabaco, nos dejó sobre la mesa su tarjeta personal con dedicatoria. Resultó ser psiquiatra, y en ella escribió “nos vemos allí”. ¡Podría asegurar que mi cara fue un auténtico mapa!

Pues nada, pensó que estaba un poco loca. “Dime con quién andas y te diré de qué careces”.

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Una respuesta a “Dime con quién tomas café y te diré…

  1. Me puedo imaginar tu cara, UN POEMA!!
    con la simpatia que tienes por los medicos, y en especial por los psicologos, psiquiatras o todo lo que empice por ps…
    Estas cosas me hacen ver que dos años viviendo juntas y otro año y medio siendo amigas dan para mucho y aunque parece que no, nos conocemos muy bien, y sabemos muchas cosas unas de las otras!!!