El estudiante perpetuo

José María Escriña se sienta en un aula de la Complutense todas las tardes con alumnos que podrían ser sus nietos. Hace años, compartía clase con chavales de la edad de sus hijas. Y sí, hubo un tiempo en que iba a la escuela de ingeniería con compañeros de su edad, todos ellos vestidos de chaqueta y corbata. José maría Escriña

José María, alumno del turno de tarde de Historia del Arte, cumplirá 85 años el mes que viene. Prácticamente toda su vida la ha pasado estudiando. Ahora la artrosis le dificulta tomar apuntes, le va fallando la memoria y ni siquiera oye bien al profesor aunque esté en la primera fila. Pero por dentro, el eterno universitario siente que se atreve con todo, que aún es el veinteañero que pisó por primera vez el campus. Sesenta años después, es doctor ingeniero (del ICAI), licenciado en Derecho y en Teología, y está a punto de leer la tesis en Historia.

Sólo ha trabajado como ingeniero. “Era una buena salida, ya que después de la Guerra Civil España se tenía que reconstruir entera”. Y aunque nunca dejó de tener trabajo, al no dedicarse tanto a la parte técnica notó que le faltaba algo. Corrían los años sesenta y Escriña decidió estudiar Derecho de aeropuerto en aeropuerto, ya que su actividad le obligaba a viajar continuamente. Cuando podía ir a clase el resto de los alumnos tenía unos 20 años. Él, más de 40, y se presentaba con traje. Un día le confesaron por qué les infundía tanto respeto. “De vez en cuando aparecía un señor bien vestido de unos cuarenta y tantos por la universidad, siempre al final de clase… En cuarto se me acercó un chico y me dijo: ‘Perdona que no nos hayamos dirigido a ti, pero es que creíamos que eras el policía de la Social”.

Luego pasaría por la facultad de Historia, -“simplemente porque me gustaba”, asegura- y cinco años por la de Teología, -“algo basado en misterios que me interesan muchísimo”-.

Los otros estudiantes se acercan a él siempre de una manera demasiado formal. “Son muchos los que me llaman de usted, pero yo les corrijo rápido, somos compañeros”. Le gusta aprender de ellos. El curso pasado se suscribió durante un año a un periódico comunista de su facultad.

¿Cómo era la universidad cuando él tenía 20 años? Dice que antes, al haber menos plazas, la competencia era mayor y la cosa era más seria. Ahora, dice, algunos alumnos se acercan a la universidad simplemente para pasar el tiempo. Algunas tardes no puede seguir las clases por culpa del botellón en el campus. Lamenta también la falta de calidad en algunos de sus profesores; de hecho, en varias ocasiones ha corregido a alguno, aunque siempre en privado. “Menos una vez que lo hice en plena clase, se me escapó, ¡pero es que dijo una barbaridad!”, recuerda con una sonrisa que nunca le abandona.

El curso pasado, cuando faltó a clase por una trombosis en la pierna, algunos compañeros le llamaron interesándose por su salud y le facilitaron los apuntes que ha estado estudiando en verano para examinarse en septiembre de la última asignatura que le quedaba de tercero.

Desde este año nota que le falla la memoria. La reciente, porque aunque recuerda a la perfección anécdotas de su niñez, como el tiempo que pasó refugiado en la Embajada de Paraguay durante la guerra, en su último examen de arte le costó horrores sacar la palabra ácrata. “El disco de mi cabeza ya no me graba nada. Así como antes me leía un libro tres veces, ahora son 10 o 12, y a ver lo que me dura dentro”. Y hay otro inconveniente. “Ya no oigo bien, y, aunque me coloco en primera fila, no hay manera de tomar bien los apuntes”. Además tiene artrosis. Por eso quiere saber si llevar una grabadora digital a clase sería una buena solución.

Pero hay algo más en el hecho de ser un jubilado estudiante. “El caso es estar ocupado, y tener ilusión por algo. Y obligaciones. Me horrorizaría pensar: ‘¿Y qué hago después de comer?”. Cuando se le pregunta qué es lo que opinan sus hijas no dice que orgullosas. “Furiosas” es la palabra. Las cuatro le han pedido que se matricule a distancia, quizá porque les gustaría pasar más tiempo con él, y porque le ven cansado. Pero José María se conoce bien, y sabe que si no fuese a la Universidad se pasaría las tardes jugando a una de sus pasiones, el bridge.

“Internamente me creo que soy joven, me atrevo a todo, como si estuviera en plenas facultades”. Por eso este apasionado de los libros y relojes de coleccionista ya tiene planes para cuando termine Historia del Arte y la tesis sobre el empresariado español que está escribiendo para doctorarse en Historia.

Quiere volver a la Teología, aunque quizá matriculándose sólo de las asignaturas que le interesan. Lo de menos es tener el título. La cuestión es seguir aprendiendo.

ELISABET SANS
Reportaje publicado en El País, el 19.09.09.
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