Juan Ramón Zapico se acordó de su abuelo cuando subió, al fin, a la tarima del instituto

Juan Ramón Zapico frente a la Iglesia de Pola de Laviana [Fotografía realizada por Geijo para LNE]Nueve de la mañana, día luminoso, comienzos de octubre de 1969, treinta chicos y chicas de 14 años en sus pupitres verdes de formica. Silencio de respeto y curiosidad. Juan Ramón Zapico, profesor de Literatura, era el novato en aquel aula del Instituto de Sotrondio, primer piso, paredes color cal, vigas azules, retrato de Franco, crucifijo y vistas a la carretera general. Sobre la tarima, de pie, levemente apoyado en su mesa, con la lista de alumnos en la mano, a Zapico, 27 años, le vino a la cabeza su abuelo, Ramón «El Barberu», al que tanto había preocupado cómo se iba a ganar la vida el guaje con aquella cojera.

Cuando Juan Ramón tenía 4 años lo llevaron desde Pola de Laviana hasta el Sanatorio Girón de Oviedo con un dolor en la cadera que los médicos trataron escayolándole desde la cintura hasta el pie. Inmovilización en cama. Aquella noche, después de horas de oír su llanto, sus padres llamaron al médico de cabecera, Manuel González Zapico, que vio los dedos del pie izquierdo negros por falta de circulación, rompió la escayola con unas tenazas y descubrió una infección en la cadera.

En el Sanatorio Marítimo de Gijón extrajeron al niño todo el pus y volvieron a escayolarlo, dejando una ventanita en el yeso para tratar la infección que no habían visto en el Sanatorio Girón. Juan Ramón quedó en el sanatorio de los hermanos de San Juan de Dios que atendían los doctores Aquilino Hurlé Velasco y Luis Cueto Felgueroso.

La infección fue curada con una penicilina que le enviaban unos familiares desde Argentina pero la cadera no soldaba, hubo que operar, quitar un pedazo de hueso?

En su cama del Sanatorio Marítimo pasó tres años. Pusieron una plaquita con el nombre de Maxi Cavero, una joven de una familia pudiente de Laviana, que fue la benefactora del niño enfermo. En su cama le despertaban, le llevaban una palangana para lavarse, desayunaba…. En su cama recibió sus primeros regalos de Reyes de la institución, un portaaviones de hoja de lata que navegó por las procelosas sábanas y un patinete que los niños inmovilizados se lanzaban rodando de lecho a lecho en la habitación. En su cama aprendió a leer, a escribir, las cuatro reglas y muchas oraciones. En su cama le dijeron, a los 6 años, que su madre había muerto de tuberculosis. Y recibió la primera comunión.

Casi a los 7 años aprendió de nuevo a andar. Hoy 10 minutos; mañana, 15, para dar movilidad a la atrofiada pierna izquierda.

Años buenos con recuerdos memorables como cuando los sacaban en una charret a ver al Sporting en El Molinón, las carreras de perros en Las Mestas o la competición de motos en el Muro de San Lorenzo.

El niño llegó con 7 años a Barredos, a casa de sus abuelos maternos. Ramón «El Barberu» y Luisa «La Barbera» tenían un chigre en el cruce donde los mineros tomaban el orujo y cargaban la bota antes de entrar en el pozo y donde se lavaban, a veces, después de salir. Vendían pan, LA NUEVA ESPAÑA y relojes de la marca Batay. El abuelo, que estaba siendo arruinado por la posguerra y por una sucesión de multas gubernativas, llevaba consigo al guaje desde primera a última hora y dormía con él en la misma cama. Le preocupaba que a su nieto cojo no lo aceptarían en la mina ni podría ser barbero porque se pasaban muchas horas de pie.

-Tú tienes que ser relojero.

-Yo quiero ser maestro.

-Los maestros mueren de fame.

A Zapico le gustaba explicar a sus compañeros del sanatorio cosas que él entendía a la primera. Por eso quería ser maestro. El niño tenía una pierna más corta que otra pero jugaba y corría. A los 9 años volvió a accidentarse y al Sanatorio Marítimo.

Año y medio después regresó a Pola de Laviana con su padre y con su hermana, cinco años mayor, que hizo de madre, y la determinación familiar de que su futuro estaría en el estudio. Pasó el examen de ingreso, a los 14 años. Normalmente se hacía a los 10. En la Pola se podía estudiar Bachillerato en el colegio libre de Laviana pero cada curso había que examinarse en un instituto del Estado. Al acabar el Bachillerato elemental, Zapico hizo la prueba de ingreso en la Escuela de Magisterio. Su compañero de examen Isidro Fernández Rozada le llevó a casa la papeleta con el aprobado. Cuando fue a matricularse en Magisterio le negaron la entrada porque entre los requisitos figuraba «no padecer defecto físico o enfermedad infecto-contagiosa».

En casa se les cayó el alma a los pies, el abuelo recordó lo del oficio de relojero, pero presentaron un recurso. Un tribunal formado por el director de la Escuela Normal de Magisterio, una profesora y el profesor de Educación Física, David Cuevas Acebo, evaluó al aspirante, le mandó subir unas escaleras y le rechazó.

Como no podía ser maestro, se preparó para profesor. Cuatro chicos de Laviana continuaron el Bachillerato Superior en Laviana, estudiando por el libro oficial, con los profesores de colegio libre tomándoles la lección y haciendo el examen oficial en Avilés. En la reválida de sexto, Zapico contestó bien las teóricas de Ciencias Naturales pero cuando le pusieron unas flores y unos minerales para las prácticas no supo qué hacer con ellos. Suspendió. Pasó un año en Gijón, estudiando en una academia, para aprobar la reválida. En 1964 empezó Filosofía y Letras en Oviedo, donde pasó a vivir los cinco años de la carrera. Licenciado en Filología Románica ya podía dar clase.

Subir a la tarima había costado muchos años de esfuerzo. Zapico recordó un instante al abuelo representante de relojes Batay y empezó a pasar lista.

Artículo escrito por Javier Cuervo y publicado en La Nueva Esapaña

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Flor

Mis sentimientos hacia el domingo son ambiguos y contrapuestos. Por una parte lo odio, pero por otra me encanta por estar más de la mitad del día metida en la cama. Hace un mes, creo, La Nueva España publicaba un reportaje que a mí me entretenía y, en parte, me hacía olvidar la horrible sensación de haber salido la noche anterior.

Hace cinco años, por estas mismas fechas, seguro que JuanRa ya había hecho algún examen. No eran difíciles, corregía bien… y ¡explicaba mejor! Solo lo tuve un año como profesor y sin embargo ahora releyendo esto pienso en la pérdida que hubiera sido no dejarlo dedicarse a lo que quería: la docencia. Y aunque parezca increíble, y también paradójico, recuerdo que era el profesor que más se movía por el aula. Solo le guardo rencor por ese punto (o quizás dos) que no quiso ponerme en la calificación final, pero que demostré en PAU que era mío (o míos)…..

Y siguiendo con profes de Lengua, y más concretamente del I.E.S. David Vázquez Martínez, tengo que comentar algo que me lleva comiendo por dentro más de una semana. Si no lo escribo exploto: “ti” jamás lleva tilde. Me parece un auténtico despropósito que una profesora con tan bajos conocimientos (y con menos habilidades para enseñar) pretenda explicar Lengua a adolescentes.

Flor



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3 Respuestas a “Juan Ramón Zapico se acordó de su abuelo cuando subió, al fin, a la tarima del instituto

  1. ¡Ahí Flor! Te quedó muy guapo! No sabía yo que esi profesor tuviera esa historia…
    Y respecto sobre lo de la profesora… Ya sabes los mis pensamientos!

  2. Si no lo ponía explotaba, jeje.
    No puedo con cosas de ese estilo, y menos con profesores de Lengua que ni saben escribir.

  3. Por una TI sin tilde!!!!