Quiero ser camarero, mafioso, granjero…

Iván enciende su netbook y se conecta al Wi-Fi de la facultad. No mira su correo ni busca material para un trabajo: está recogiendo tomates de su granja antes de que se los robe algún vecino desaprensivo. A pocos metros hay más como él, todos concentrados en la importante tarea de recoger o plantar cosechas entre clase y clase. En el centro de Madrid, lejos del campo, Lucía interrumpe una conversación: «Espera. Voy a encender un momento el ordenador, que tengo que recoger las zanahorias y, a lo mejor, me decido a comprar ese poni». Mientras, Laura pregunta en una casa ajena: «¿Puedo conectarme para cerrar el restaurante?».

Cientos de millones de escenas como éstas suceden ahora en el mundo. El motivo está en Internet y su último fenómeno: los social games (juegos sociales). La plataforma son las redes sociales –encabezadas por Facebook (más de 400 millones de usuarios)–. Son aplicaciones bonitas, claras, simples y de fácil acceso. Frente al sofisticado estilo de las consolas, con juegos que cada día se complican más, de gráficos barrocos y personajes rebuscados, ha surgido una sencillez casi infantil que arrasa: hay escenarios tan naíf como granjas, zoos o cafeterías que parecen de juguete. En un escenario más perverso, también existe la posibilidad de ser el peor mafioso de la ciudad.

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