Hay quien piensa que el desayuno son solo unos pocos minutos por la mañana, pero en realidad es como el parte del tiempo. En cuanto me siento delante del café sé el día que voy a tener por delante. En veintidós años he tenido desayunos de todos los tipos: desayunos en familia con risas y cruasanes todavía calientes, desayunos solitarios pensando en mis cosas, desayunos en compañía llenos de ilusión y nervios por las cosas que empiezan, también desayunos que empiezan en la mesa y acaban en la cama, desayunos acelerados sin tiempo para nada, o llenos de dudas y miedo por las personas que quiero. Son solo unos pocos minutos pero en el desayuno ya sabes cómo va a ser el día que te espera.

Los hombres de Paco

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Flor

Mis dudas sobre la afición por el desayuno en compañía me abordan cada vez que comparto mi primera comida del día, mi preferida, con alguien. Hoy es un día de esos.

Supongo que todos los desayunos de la resi anticipaban todo esto y mucho más. El problema era yo, no soportaba más de quince minutos de desayuno. Sin embargo de sobremesa me podía tirar horas y horas, y empalmarla con el cigarro de después de la comida, y sustituirla por la primera hora de clase, por la segunda…

El primer desayuno de hoy no ha servido para muchos augurios, el tiempo que le he dedicado tampoco permitía más. Tengo la costumbre de dejar la taza sobre la mesa, sentarme y mirar el reloj para saber qué día es. Una tontería, el reloj de la cocina sólo dice la hora.

Estoy segura de que tiene alguna manecilla más, aunque solo sea perceptible para mí. Hoy me ha dicho varias cosas. Me ha recordado que Sara cumple años. También que Marta estaba de viaje, que vuelve a Asturias, y que después de más de seis meses coincidimos aquí.

Tan bien me ha sentado el primero que decidí comprar unos bollos para un segundo. Y eso que no me gusta desayunar en compañía

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